Cultura para llevar

La cultura en México es tanta y tan amplia que esperamos que traigas tu tupper porque te va a tocar hasta para llevar. En esta columna explora las posibilidades de la “alta cultura” y la cultura popular que nos ha conformado con el gentilicio de mexicanos.

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¿Y esta rosa? los milagros de la virgencita

Guadalupe Álvarez

Amado u odiado, pero jamás ignorado, el programa televisivo “La rosa de Guadalupe” se ha mantenido al aire durante 12 años, su relevancia social y cultural en el imaginario mexicano es ya innegable. 

Explotando los arquetipos de la idiosincrasia mexicana tales como la familia, la religión, la meritocracia y el novelesco drama romántico, la serie se ha mantenido en el gusto popular apelando a los temas ya exitosos del género de la telenovela. 

“La Rosa de Guadalupe” puede pensarse como la heredera de la telenovela mexicana, con mayores réditos y menores inversiones, por cierto. El género televisivo tuvo su aparición en los hogares con la historia Senda Prohibida transmitida por Televisa entre 1957 y 1958. Ésta marcaría una nueva época de oro para la producción audiovisual en México que, aunque actualmente se ha desplazado un tanto con la entrada de las series y el streaming continúa manteniendo vigencia, aunque las televisoras han optado por comprar producciones e historias extranjeras, haciendo que la industria de la telenovela haya bajado considerablemente.

Pero no nos preocupemos, el género melodramático explotado en la televisión no dejará de acompañar nuestra educación sentimental. Las historias sencillas, muchas veces predecibles, son parte de lo cotidiano y, aunque dirigidas en principio a las amas de casa, dueñas de la intimidad y la privacidad de la familia, las historias se comparten en el seno de la familia y todos los miembros quedan enganchados. 

Así, las telenovelas no dejaron de ser solo para señoras, el formato también se trasladó a historias infantiles y adolescentes, en ocasiones a historias masculinas en las que, claro, el conflicto residía en la esfera pública “El candidato”, producción de Azteca 13 durante la primera década de los 2000 es un ejemplo. 

Los personajes maniqueos dejan bien claro qué es lo bueno y qué es lo malo, los valores de la pobreza y honestidad contra la avaricia y la corrupción, la villana lujuriosa y la protagonista buena y virginal. Todos lugares comunes en los que quizá no habría que detenerse tanto. 

Avancemos, pues al 2008 cuando Televisa inicia la transmisión de “La Rosa de Guadalupe”. La televisora, haciendo gala de los derechos que ostenta sobre el guadalupanismo mexicano, explotado hasta el ridículo con las transmisiones del 12 de diciembre, pule su producto estrella y sale a la luz un programa que por la estructura narrativa de capítulos individuales y sin secuencia hasta resulta novedoso. Cada entrega es un universo en sí mismo. 

El mundo ha cambiado, las amas de casa dividen el trabajo de casa con su trabajo económico, quizá ya no hay tiempo para seguir una historia diaria durante meses o años. El mundo ha cambiado, las generaciones más jóvenes se alejan de la religión así que la apuesta es poner la religión en el centro, a la hora de la comida, cuando los niños llegan de la escuela y la protagonista es una fuerza invisible y misteriosa a la que llamaremos mamá, mamacita, virgencita de Guadalupe. 

Los valores familiares, morales y religiosos siguen ahí, ahora en historias con sentido humano. Los más populares hacen referencia a la vida de “los chavos”, de adolescentes que usan “la red social”, “van al antro” y se la pasan “de pelos” -sin reparar en que se muestra un vocabulario que se dejó de usar en los setentas-, pero entendemos que en horario familiar no se pueden decir groserías. Así, la narrativa va entrelazando un mensaje de unidad familiar, valores morales y religiosos que lograrán sacar al protagonista de cualquiera de las desventuras que le suceden.

La vieja idea de que “a la gente buena le pasan cosas buenas” o que “no hay mal que por bien no venga” es parte fundamental de la narración. No importan las tristezas ni los tropezones, al final los buenos tienen su recompensa y los malos su castigo. Casi parece una bienaventuranza. 

Aunque en el largo catálogo de más de 1,400 capítulos hay todo tipo de temas: el trabajo, el amor, la violencia intrafamiliar, violencia sistémica, trata de personas, orfandades, divorcio, narcotráfico -tal vez valdría la pena un análisis de la apología de la violencia en la televisión mexicana y cómo solo un milagro nos libra de ella, pero será tema para otro texto- y un largo etcétera, un eslabón inamovible es la familia.

La gran familia mexicana, que en contradicción con los discursos políticos recientes no siempre es buena onda y sí, es rica en violencia simbólica y real, la mayor parte de las veces es representada de manera muy real. De pronto caricaturizada, cuando son “buenos” y decadente cuando son “malos” con la finalidad de exaltar cada aspecto importante a la hora de una construcción social de tanta importancia como lo es el núcleo familiar.

Casi siempre se le muestra integrada por una madre soltera, divorciada, viuda o abandonada. La figura paterna, casi siempre ausente; en el mejor de los casos, distante e inútil, porque en la naturaleza de la familia mexicana, como le dice Sofía a Cleo en Roma: “Siempre estamos solas, no importa lo que te digan, siempre estamos solas”. La mamá, al final de cuentas es la virgen y, en esta versión del catolicismo, la virgen tiene mayor relevancia que Dios.

Siguiendo la misma lógica, los personajes femeninos que reniegan de la maternidad o la ejercen de manera negligente son juzgados para al final, gracias a la intervención divina, redimirse en su rol de madre, ser más amorosas y entregadas. No así las figuras paternas, que cuando se van, se van, con apenas una palabra de reproche y a veces, con el alivio de quien prefiere “estar sola que mal acompañada.”

Cada día las historias narradas en la serie alimentan las arraigadas creencias del mexicano que a la vez se reflejan en lo ahí mostrado, un círculo sin fin. Aunque es verdad que utilizando la moral católica para marcar el camino del bien y explotando las creencias religiosas perpetúa ciertos estereotipos, también aprovecha el medio para mostrar un culto más cercano y acogedor.

Al ser una institución, por decir lo menos, complicada, la Iglesia no encuentra representación en el programa. La Virgen da la cara por todos, al ser un culto que trasciende la religiosidad, ser guadalupano se presenta como una cualidad más importante que ser religioso. De hecho, la beatitud ni siquiera es un tema a tratar dentro de las historias. No podría afirmar que se trate de una decisión comercial por parte de la televisora o si responde al hecho de que, para gran parte de la población, no es necesario tener un culto en sí, sino que basta con refugiarse en una deidad protectora.

Pocos capítulos presentan abiertamente rituales católicos es más, si se eliminan tres momentos breves, pero clave de la construcción narrativa de cada episodio (la petición del o la protagonista: “ay, madrecita, ayúdame con inserte el nudo del capítulo aquí”; la aparición de la rosa, que a nadie le parece necesario explicar “¿y esta rosa?” y el el aclamado airecito, iluminación o catarsis que funciona como aviso de “milagro realizado”), las historias serían laicas y se sostendrían por sí mismas. 

Entonces, ¿por qué la necesidad del Deux ex machina? El hecho es que la mayoría de los conflictos presentados se arreglarían con una impartición de justicia más rigurosa, con una comunicación efectiva entre padres e hijos, con el reforzamiento del autoestima de los adolescentes, vamos, con un cambio profundo de la interioridad personal o con reformas institucionales, casi nada. 

Así, la intervención divina para soslayar los cientos de fallos de la vida social parece más cercana y posible que un ajuste estructural. Descorazonador. 

Al menos, en muchos casos, el final se presenta como un inicio para la mejora: los capítulos cierran con un montaje de la vida posterior de los personajes, se les muestra tomando terapia, acudiendo a grupos de apoyo, pasando el tiempo en familia, pareja o amigos. El problema en este tipo de moraleja es que no se muestra el proceso real que un personaje necesita transitar para salir de cierta situación y en cada capítulo se refuerza la idea de que alguien más, AKA la morenita del Tepeyac, resolverá los conflictos.

Sin embargo, un programa no dura más de 10 años al aire solo por que sí. Habría que agradecer a los guionistas poner en la discusión cotidiana temas adolescentes de los que cruzados la frontera de los 25 de pronto ya no se sabe mucho, habría que agradecer que la Virgen se desprende de la religiosidad católica y abraza a los homosexuales difundiendo el “amor es amor”, la Virgen ilumina a las mujeres abusadas a denunciar y a buscar ayuda. Y aunque parecería que “La rosa” es un panfleto religioso, al final la Virgen misma se desprende de esos patrones y como toda buena madre mexicana, solo quiere lo mejor para sus hijos.

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